A la vista de algunas noticias recientes (Honda Clarity a la cabeza), creo que ya va siendo hora de hablar en motorFULL un poco más en serio del que poco a poco se vislumbra como el combustible del futuro: el HIDROGENO.

El hidrógeno es el primer elemento de la tabla periódica. El el elemento químico más ligero y también, el más abundante, constituyendo aproximadamente el 75% de la materia del universo.

Presenta mayor contenido energético por unidad de peso que cualquier combustible conocido.

Aquí tenemos una tabla con el Poder calorífico inferior de los combustibles más habituales en automoción:

  • Gasolina: 11.000 kcal/kg.
  • Gasoil: 10.200 kcal/kg.
  • Fueloil: 9.600 kcal/kg.
  • Gas natural: 12.800 kcal/kg.
  • Carbono: 8.140 kcal/kg.
  • Hidrógeno: 29.000 kcal/kg.

Basándonos en esos datos, vemos que el valor energético de 1 kg de Hidrógeno equivale a 2,78 kg de gasolina, 2,80 kg de gasóleo y entre 2,5 y 3,1 kg de gas natural (dependiendo de su composición).

A temperatura ambiente, el hidrógeno molecular se encuentra en estado gaseoso (incoloro, inodoro e insípido). Es un gas muy ligero con una densidad normalizada de 0.071 g/l a 0ºC y 1 atmósfera de presión. Su densidad relativa, respecto al aire, es de 0,0695.

Esto implica que para poder ser almacenado tenga que ser o bien licuado a bajas temperaturas o bien sometido a elevadas presiones. En este sentido, pierde gran parte de su ventaja energética frente a los hidrocarburos.

En estado líquido, 1 litro de H2 equivaldría a 0,268 litros de gasolina o 0,236 litros de gasoil.

Almacenado a 350 bar de presión, 1 litro de H2 equivaldría a 0,0965 litros de gasolina ó 0,0850 litros de gasóleo ó entre 0,3 y 0,35 litros de gas natural (a 350 bar).

Eso sin contar la energía necesaria para llevarlo y mantenerlo en esos niveles de temperatura o presión.

Este es uno de los grandes obstáculos del hidrógeno como combustible en automoción: se requieren tanques muy grandes y pesados para conseguir autonomías similares a los coches propulsados por combustibles fósiles.

Aunque existen otras líneas de investigación con nuevos materiales capaces de absorber hidrógeno en grandes cantidades.

Para más inri, el hidrógeno prácticamente no se encuentra en estado libre en la naturaleza, sino combinado con otros elementos como el oxígeno (formando agua) o el carbono (formando los llamados combustibles fósiles).

Para poder emplearlo, primero hay que separarlo, proceso que, evidentemente, requiere energía, y en mayor cantidad de la que el hidrógeno llevará almacenada. Y este es el clavo ardiendo al que se agarran tantos agoreros para poner en tela de juicio la posibilidad del hidrógeno como combustible futuro.

Estos requerimientos energéticos (derivados de la tan manida 2ª ley de la termodinámica) son un problema si para producir hidrógeno (básicamente mediante electrolisis del agua) se emplean carburantes que se pueden agotar (léase combustibles fósiles), pero deja de serlo en el momento que seamos capaces de obtener energía suficiente de una fuente virtualmente infinita como puede ser el Sol.

La energía solar es, vista desde la escala humana, inagotable y, hecho curioso que demasiados expertos se obstinan en soslayar, una fuente de energía que se consume con igual rapidez tanto si la aprovechamos como si no.

La conclusión lógica es clara: con la tecnología adecuada, cualquier punto de la superficie terrestre con cantidad suficiente de luz solar podría convertirse en un punto productor de energía. Y si ese punto dispone, además, de la suficiente cantidad de agua, sería un punto productor de hidrógeno.

El mismo planteamiento sirve para hablar de energía eólica (lo último en este campo son los Windbelts), geotérmica o maremotriz.

Hablamos de un avance energético a escala planetaria que ciertos “poderosos” no están dispuestos a permitir. Para ellos el hidrógeno es el enemigo público número 1 de sus intereses económicos, y no escatiman esfuerzos para “ensuciarlo”.

Hace unos días salía a los medios un estudio donde algunos, en un primer vistazo, veían la “demostración” de que no existe agua suficiente en el planeta para sostener una economía global basada en el hidrógeno.

Lo que realmente afirmaba el estudio es que resultaría insostenible una producción industrial de hidrógeno usando energía eléctrica obtenida de centrales térmicas, debido a las ingentes cantidades de agua necesarias para refrigerar estas centrales eléctricas.

El propio estudio sugiere el empleo de otras formas de energía (solar, eólica) para producir la energía necesaria para la electrolisis del hidrógeno. También habla de implementar sistemas de refrigeración sin agua, como puede ser la refrigeración por aire.

Estamos, en definitiva, ante una encrucijada que no depende solo del desarrollo tecnológico. Requiere decisiones políticas y económicas encaminadas a facilitar la infraestructura y la técnica necesaria para poder usar el hidrógeno como combustible.

Algunos países (Islandia y Japón a la cabeza) ya tienen claro el camino a seguir. A otros, el humo de los combustibles fósiles quemados (no solo en los automóviles, sino también en la industria y en las centrales térmicas) no les deja ver el bosque.