Una vez que todo el mundo está concienciado de que hay cambio climático y que el petróleo tendrá un límite próximo, las empresas y sobre todo, los estados, se han puesto las pilas para impulsar el desarrollo de vehículos de energías alternativas.

Se intentó con el biofuel o biodiesel, pero una vez se vio el impacto ambiental que sufriríamos adoptando tal tecnología, se va, poco a poco, descartando; a parte de que no existen tantas reservas en el mundo como para poder abastecer al parque móvil de vehículos, sin pensar que los campos que se destinan a producción de combustible deberían ser destinados a consumo de alimentos (bastante más necesario).

Otras opciones son el gas, bastante más fácil de adaptar a los motores de los vehículos actuales. Sin embargo, se trata de una fuente de energía contaminante y que pertenece en su mayoría a países como Rusia, dificultando su transporte por a los países intermedios, propensos a conflictos.

De la misma forma, adaptando también el motor de combustión para quemar hidrógeno, se podrían adaptar los vehículos a esta fuente de energía, como hace BMW. La otra opción son pilas de combustible, que se usarían para obtener energía eléctrica a partir de reacciones químicas. El problema del hidrógeno es su almacenamiento, dada su peligrosidad.

La opción que más se está teniendo en cuenta hoy en día, por lo tanto, son los coches eléctricos o sus “amagos”, los supereléctricos. Vehículos eléctricos, que funcionan con baterías, pero que en determinados momentos pueden verse apoyados por motores tradicionales (de combustión) para realizar mayores esfuerzos o recargar las baterías. Digamos que estos son el paso intermedio a un nuevo vehículo totalmente eléctrico, con emisiones nulas y una deseable gran autonomía.

¿Cuál es el mayor problema actual? Las baterías. A pesar de que las de ión-litio han obtenido grandes capacidades de almacenamiento y recarga rápida, son aún de limitada autonomía, factor que hace que los consumidores no acaben de aceptar totalmente a este tipo de vehículos. Con lo cual el paso siguiente sería aumentar la capacidad y la potencia que puedan erogar.

La tecnología de los supercondensadores, con la que se conseguiría un aumento de los ciclos de recarga, mayor capacidad de almacenaje de energía y mayor potencia desarrollada, parece que serían el paso para la consolidación de este tipo de vehículos, pero existe un problema mayor. La red eléctrica de las ciudades.

Si ya existen apagones controlados y escasez de energía eléctrica en determinados momentos del año como cuando se encienden la mayoría de los aire acondicionado del país, ¿qué pasaría al conectar todo el mundo su coche a recargar en casa? La red eléctrica necesitaría una reforma bastante grande.

Y no sólo eso, ya que la energía que tendría que ser suministrada a los vehículos en forma de electricidad, sería bastante difícil de conseguir con sólo formas de energía renovables. Se tendría que optar a formas como las centrales de combustión de carbono, petróleo, etc. y nuestro ahorro en contaminación se iría al garete. Nos tendríamos que pasar a las centrales nucleares que a todo el mundo nos gustan tanto…

El desarrollo de energías alternativas está muy bien, pero ¿alguien se ha parado a pensar las posibilidades que tendría finalmente un usuario de poder llegar a usar su vehículo eléctrico? En estos momentos de tensión generada por la crisis y con muchas compañías de automoción pasando por graves apuros, realmente nos podríamos parar un momento y pensar si el dinero que nos queda en las arcas se debería gastar en desarrollar este tipo de vehículos o plantear otras alternativas.

Más en MotorFULL:

*Más planes para la industria automovilística española, con coche eléctrico incluido
*El fórmula H, primer monoplaza propulsado a hidrógeno
*El Salamandra Lexion, el coche a base de aire comprimido
*Un Lotus Exige propulsado por el viento
*Así es el Honda Insight definitivo
*Primera imagen del Fisker Karma de producción
*Golf Twin Drie en prueba en las calles alemanas en 2009