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El post de mi compañero me ha llenado de preocupación. ¿Ford resucitará el Capri? A la vista de la imagen que publica Autobild, me temo que lo único que saldrá de la tumba será el nombre.

Solo espero que Ford sepa mantener el espíritu y el estilo que convirtieron al Ford Capri en uno de los grandes éxitos de la marca.

No me gustaría que, con esta reencarnación, el coche perdiera su esencia. Y lo digo con conocimiento de causa, porque “El Capri” ocupa gran parte de mis recuerdos infantiles. Y por partida doble, ya que no hubo uno en la familia, sino dos.

Son muchas las anécdotas que puedo contar de este coche, pues desde el primer momento fue protagonista de historias de lo más curiosas.

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A principios de 1969, mis padres (a la sazón emigrantes en Alemania) acudieron a un concesionario Ford con la intención de adquirir un Taunus. Cuando, tras formalizar el pedido y desembolsar la correspondiente señal, se disponían a abandonar las instalaciones, entraba en el aparcamiento un camión cargado con un único coche.

Aquel desconocido vehículo debió de gustarles, pues optaron por volver sobre sus pasos para verlo más de cerca. Tal y como les informaron, se trataba de un nuevo modelo de la marca, denominado Ford Capri. Era el primer ejemplar que recibían, prestos a meterlo en el túnel de lavado y colocarlo en la exposición.

Tras las primeras impresiones (huelga decir que muy favorables) llegaron los números, la negociación, y la intención de cambiar el coche solicitado por el modelo nuevo.

Curiosamente, el principal escollo no fue el precio, sino el color. Ford se había empeñado en publicitar su nuevo coupé en dos colores principales, el rojo y un “verde manzana” que consideraban ideal para el nuevo modelo.

Pero mi madre tenía conceptos estéticos diferentes, y se empeñó en que su flamante Ford Capri tenía que ser de color azul marino. Hasta el jefe de taller se echó las manos a la cabeza, incapaz de entender que alguien quisiera comprar un coche tan llamativo en un color tan “serio”. …Y pensar que unas décadas más tarde se impondría en los coches de corte deportivo no ya el azul oscuro, sino el negro.

Tras un buen rato de tira y afloja, incluyendo una llamada de teléfono a la central de Colonia, mi madre se salió con la suya.

Unas semanas más tarde, se recibía una llamada telefónica que ya se estaba haciendo esperar: el coche había llegado, le habían quitado la parafina y, tanto había llamado la atención, que lejos de esconderlo, lo habían colocado en el centro de la exposición.

Ese fin de semana mi padre sacaba del concesionario el que seguramente era el primer Ford Capri fabricado en Alemania en color azul marino.

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Al lunes siguiente, mi padre se lo llevó al trabajo. A media mañana, recibió un recado preocupante: el director de la factoría le reclamaba en su despacho.

Al recibirlo, no se anduvo por las ramas: había visto el Ford Capri aparacado, y tras acharle un vistazo, había pasado media mañana intentando averiguar quién era el propietario.

Le pidió que se lo enseñara (el coche, por supuesto). Mi padre accedió, e incluso se dieron una vuelta con él.

A la semana siguiente, ya eran dos Ford Capri Mk I los que se podían contar en el aparcamiento.

Y si el Capri llamaba la atención en Alemania, os podéis imaginar lo que era aparecer con él (hablamos de principios de los 70) por las calles de cualquier ciudad española. Eso y más lo contaré en otro post.