Acabo de ver que la filial española de Renault también pidió ayuda gubernamental para poder sostenerse, ante una caída de las ventas para la última parte del año del 50%. Sumemos este caso a los ya vistos en EE.UU. (subsidio negado por Barack Obama) e Inglaterra (Jaguar y Land Rover por parte de Tata Motors) y nos encontraremos con una situación que comienza a caer como piezas de dominó, aunado a los continuos despidos de trabajadores, los que realmente pagan las consecuencias.

Después de tantos años de ganancias multimillonarias, de abusos hacia el sufrido comprador, con créditos para comprar coche que harían palidecer al usurero más experto y bancos “asociados” en el negocio, es más fácil pedir dinero (que difícilmente se devolverá), el mismo dinero que, se supone, está destinado para educación y programas sociales. En una palabra, para quienes lo merecen más.

Estoy de acuerdo que se ayude a quién logre darnos un coche asequible y que aplique nuevas tecnologías en combustibles. A quienes no nos quieran ver la cara aprovechando que todo lo eléctrico se vende de cualquier manera. O a quienes quieran invertir en el hidrógeno o energía solar como combustible. Pero no estoy de acuerdo en subsidiar para lograr vender coches que sobrepasan los 25.000 dólares o euros, eléctricos fuera del alcance del mortal medio o coches mal terminados, con incontables llamados a revisión o visitas al taller.

¿De verdad los fabricantes merecen esa ayuda de parte de los gobiernos?