El inusual encargo que recibieron los ingenieros de Mazda pedía que desarrollaran un coche deportivo alrededor del peculiar motor inventado por el Dr. Felix Wankel, el motor rotativo.

El resultado vió la luz en 1978 y se denominó Mazda RX-7: un coupé 2+2 ligero y con una buena penetración aerodinámica (el pequeño tamaño del motor permitía bastantes libertades a la hora del diseño) que compensase el exceso de consumo de su propulsor.

El RX-7 supuso un éxito de ventas para la casa nipona.Solo de la primera generación se vendieron más de 471.000 unidades. Fabricado en tres generaciones desde 1978 hasta 2002, se matricularon , en total, 812.000 unidades. Estas cifras lo convierten en el coche con motor rotativo más vendido de la historia.

La primera versión contaba con un motor de dos rotores que entregaba 105 C.V. de potencia y permitía una velocidad máxima de 190 km/h. La segunda generación recibía el apoyo de un turbocompresor que elevaba la potencia hasta los 200 C.V. Su diseño se inspiró en gran medida en el Porsche 944, y también contó con una versión cabrio.

A partir de 2001 se fabricó la tercera versión, el Mazda RX-7 Biturbo, con 241 ó 280 C.V, salidos de un motor con solo 1.300 c.c. de cilindrada (aunque a efectos de equivalencia con un motor de pistones se consideraba un 2,6 litros).

Tuve ocasión de conducir un RX-7 Biturbo en varias ocasiones, y puedo asegurar que era un deportivo de lo más radical, con una suspensión tan dura que te permitía saber si la moneda que habías pisado con uno de los neumáticos estaba de cara o de cruz. Montaba unos frenos inmensos del mismo tamaño en ambos ejes (el motor Wankel se caracteriza, entre otras cosas, por su escasa retención) que, según las pruebas que los técnicos de Autopista realizaron en su momento, conseguían para el RX-7 unas distancias de frenado inferiores al superdeportivo de la época, el Ferrari F40.

Aún así, la personalidad de este deportivo japonés radicaba en su motor; mejor dicho, en sus dos turbos de funcionamiento secuencial. En primer turbo te llevaba, en volandas, hasta los 190 km/h. Si seguías acelerando, daba la sensación de que el coche se había quedado sin aliento. Pero tras unos momentos en los que a la aguja del velocímetro le costaba acercarse a la marca de los 210 km/h., entraba en acción el segundo turbo que, como un auténtico puñetazo en los riñones, te catapultaba hasta la velocidad máxima del coche, cercana a los 270 km/h.

Con su volante vertical y su rápida dirección, la posición de conducción casi a ras de suelo con el eje trasero casi rozándote la espalda y ese comportamiento tan “nervioso”, uno a veces llegaba a dudar de si lo que tenía entre las manos era un coche o una moto. Con el capó abierto, costaba distinguir el pequeño propulsor entre toda la parafernalia de tubos del sistema de admisión.

El RX-7 dejó paso, tras unos años de paréntesis, al RX-8; también movido por un motor rotativo, pero mucho más civilizado y cómodo que su predecesor.

Fuente: Mazda Motors