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¿Qué pasaría si en un importante partido de furbol, uno de lo jugadores realizara, por despiste o a propósito, una acción que perjudicara a sus propios compañeros y a su equipo?

Digamos que, por ejemplo, metiera un gol en propia meta en el último minuto, regateando con desprecio a su propio portero; un gol que diera la victoria el equipo contrario y a él lo convirtiera en el máximo goleador de la liga.

¿Podrían el árbitro, los jueces de línea y la federación correspondiente arremeter contra el jugador y su equipo alegando que la acción va en perjuicio del interés económico del organizador espectáculo deportivo?

¿Podrían, en un alarde de justicia, concederle al portero ofendido la posibilidad de tirar un penalti en la portería contraria?

¿No sería más sensato que ese asunto lo intentaran solucionar entre el presidente, el entrenador y cualquier otro responsable del club, sin interferencias de otras instancias, deportivas o económicas?

Cuando la acción de un deportista perjudica únicamente a su propio equipo, lo lógico es que ese problema interno sea solucionado dentro del seno del equipo. Salvo que sea en el partido del patio del cole, donde conviene llamar al profe para que los críos no lleguen a las manos. Aunque en estos caso a se sabe: el profe, obsesionado por mantener su autoridad, siempre acaba castigando al que menos culpa tiene.