
El espeluznante “accidente de tráfico” (si se puede llamar así) ocurrió esta semana en la ciudad francesa de Beziers: el padre de una niña de 19 meses se dirigía a dejar a dejar a su hija en la guardería. En el trayecto, paró en su oficina y, absorbido por la tarea, se puso a trabajar olvidando por completo la preciada mercancía que aguardaba en el coche.
Cuando la madre fué a recoger a la cría a la guardería, se encontró con que no estaba. Llamó inmediatamente a su marido, que solo entonces se volvió a acordar de su hija, pero ya era demasiado tarde.
La temperatura ambiente era de 27 grados, pero el coche (y la niña en su interior) había estado varias horas aparcado a pleno sol. Los servicios sanitarios solo pudieron certificar la muerte por golpe de calor.
Convendría tenerlo presente ahora que ya ha llegado el verano: en un día caluroso, la temperatura en el interior de un coche puede subir con rapidez, a ritmos cercanos al grado por minuto hasta superar los 50º centígrados, especialmente en coches de color oscuro. Para un niño, un anciano o un animal de compañía, un pequeño retraso en esas circunstancias puede suponer un desenlace fatal.
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