Os pido disculpas, pero hoy no tengo muchas ganas de escribir. Vengo de despedirme de Bárbara (Babi para los que la conocíamos y la queríamos).

Babi era una preciosa (por fuera y sobre todo por dentro) muchachita de 22 añitos recién cumplidos que ayer, por una triste e incomprensible jugarreta del destino, perdió la vida (toda la que tenía por delante) en un absurdo y desventurado accidente de tráfico.

Me debato entre la tristeza y la rabia. Rabia porque no hay derecho a que una personita muera cuando apenas ha empezado a vivir. Rabia por las circunstancias que rodearon el fatal accidente (un perro abandonado, un volantazo inoportuno, un árbol indolente y una colisión en el peor ángulo posible, donde los sistemas de seguridad apenas pudieron hacer nada por salvar sus ganas de vivir). Rabia porque no volveré a verla derrochar su inagotable sonrisa. Rabia, mucha rabia…

La tristeza me ha cogido por el cuello cuando he visto a sus padres, a sus hermanos, destrozados por el dolor. La imágen de su madre desolada, mirando a su hija a través del cristal pero con la mirada perdida, me ha resultado sobrecogedora. Y su gesto de permitir, en un momento tan duro, la donación de los órganos (“para que todo lo bonito que había en ella pueda vivir en otras personas”) me ha parecido sencillamente sublime. Personas tan admirables no merecen reveses tan desgarradores.

Lo siento, pero hoy no me apetece hablar de coches. Pero necesitaba hablaros de Babi